Más allá del patriotismo, cada uno tiene una causa por la cual luchar. ¿Una línea imaginaria en la tierra o un recurso para todos?

Por Rosario Sánchez

Como migrante, uno regularmente tiene problemas de identidad: soy de aquí, pero pertenezco allá. Soy fiel aquí, más mi corazón está allá. Es como un matrimonio forzado del que a la larga nos enamoramos, aunque nunca olvidamos la sangre como nuestro enlace más primitivo.

La única forma realmente honesta de darnos cuenta de nuestra verdadera identidad es en el futbol. Ahí nunca hay pierde. Imposible echarle porras a Estados Unidos en contra de México. Este deporte nos revela dónde está el corazón.

En fin, no pensaba hablar de futbol, sino del agua y del nacionalismo. Al platicar con un colega sobre acusaciones de traición a la patria de las que he sido objeto por trabajar para un “gobierno extranjero” (lo que sea que eso signifique para un migrante naturalizado) me decía: “(Los acusadores) se creen que son Juan Escutia, pero se les olvida que él murió”.

Los migrantes realmente no nos podemos dar muchos lujos, y menos, el de morir envueltos en una bandera. Las necesidades básicas, de superación, de hacer la diferencia incluso desde lejos, de forjar una mejor calidad de vida, son ejemplo de un legado de principios de trabajo, respeto y orgullo nacional. Sí, nacional.

Esto, me parece, se asemeja más a la definición de patriotismo que aquella de envolverse en una bandera con la excusa de “defender” más los complejos históricos de inferioridad que verdaderas agresiones a la soberanía nacional.

Hablemos del agua. México y Estados Unidos comparten algunas de las cuencas internacionales de mayor estrés hídrico en el mundo, así como aguas subterráneas a lo largo de la frontera, de las que se conoce poco.

El Río Bravo y el Río Colorado, entre otros de menor magnitud, están regulados por el Tratado de 1944, firmado por ambos países y supervisado por la Comisión Internacional de Límites y Agua en sus respectivas secciones de Estados Unidos y México.

Al agua, sin embargo, no le interesan las fronteras ni las leyes internacionales. El agua responde a su condición natural y el humano hace lo imposible por gobernarla y manipularla, con resultados muy discutibles. El agua migra igual que nosotros. Tiene su destino marcado, a veces frustrado, muchas veces contaminado, otras veces no llega a donde la esperan y se pierde en su camino. Otras veces arrasa y olvida todo a su paso, incluso su origen.

Lo mismo sucede con los migrantes a los que nos toca trabajar en temas de aguas compartidas. No nos importa de qué lado está el agua, cuidamos su destino, su estancia y a las comunidades que dependen de ella en su andar. 

Nos acusan de no ser suficientemente “patriotas”, de no envolvernos en la bandera, al no dar prioridad a intereses nacionales antes que los extranjeros, como si las aguas compartidas tuvieran nacionalidad. Por definición, las cuencas compartidas, son eso, compartidas. El Tratado de 1944 lo que intenta es administrar el agua (nótese que no la subterránea), pero nunca habla de soberanía sobre aguas compartidas de ningún lado de la frontera. 

Si somos tildados de traidores al abogar por la integridad de una cuenca que, desafortunadamente, le tocó estar ubicada entre dos países, entonces tan traidores somos los migrantes como es el agua, según la mentalidad de los partidarios de Juan Escutia. No hay peor patriota que el que se escuda en orgullo, soberanía y nacionalidad para ignorar el llamado urgente de nuestras cuencas compartidas, en quiebre total de los sistemas naturales y en la decadencia de su capacidad funcional como proveedoras de servicios ambientales.

Escutia murió sin lograr nada. Creo que es tiempo de no morir en el intento y explorar alternativas que convengan más al patriotismo como, por ejemplo, trabajar juntos, incluirnos, considerarnos y respetar nuestras cuencas compartidas y ser productivos a la nación. No necesitamos mártires, necesitamos soluciones que nos garanticen la sostenibilidad del agua en nuestras cuencas internacionales.